A casi cinco lustros de la caída de
Stroessner, se ha convertido en un dicho común el decir que aquel
régimen autocrático y sanguinario institucionalizó la corrupción.
¿Existían prácticas de corrupción antes? Sin duda que sí. Pero los 35 años del stronismo saquearon el país y, de paso, dejaron en nosotros la terrible y arraigada idea de que hacerlo no era malo.Entonces, las prácticas corruptas no fueron patrimonio exclusivo de Stroessner y sus secuaces, pero ellos se quedaron tanto tiempo en el poder que lograron inocular en nuestro ADN cultural el latrocinio, la venalidad, el nepotismo y otras lindezas al punto que en vez de condenar al que las lleva a cabo lo queremos imitar.
Es así que incluso encontramos alarde donde debería haber vergüenza, y el término výro se aplica automáticamente a aquel que no aprovecha la situación para robar del erario público o en el ámbito privado.
Las instituciones encargadas de castigar las prácticas corruptas y de instalar en nosotros las buenas prácticas en pos del bien común están corrompidas, ellas mismas desde la mata. Esa fue la gran habilidad del stronismo; por eso sigue imbatible hasta hoy.
El Poder Judicial, cuya legitimidad no está en los votos sino en su eficiencia y eficacia para hacer cumplir la ley ha puesto a Astrea como la reina venal. A ella pagan tributo todo el resto de la maquinaria estatal, municipal y privada.
La Contraloría General de la República es un adorno, pues hace poco se descubrió que los que deben ser controlados pasan de ella y solicitan el control a una instancia de aquel poder, que acepta cualquier papel que se le presente y así blanquea a todo el mundo. Hecha la ley hecha la trampa.
Por supuesto que no sorprende en absoluto todo lo que está saliendo a la luz con el nepotismo instalado por los "representantes del pueblo".
Tampoco sorprende que nuestro presidente y su canciller hayan querido poner a un orgulloso Stroessner en la ONU.
Todos estos años de transición y consolidación de la democracia nos han mostrado que el stronismo nunca se fue. Y lo peor de todo: que no queremos dejarlo ir.
¿Hay esperanza de que alguna vez se vaya? Sí que la hay, porque algunos no han sucumbido.
El ejemplo es que hay una ciudadanía que ha logrado frenar con su indignación este último acto de reivindicación.
Para esto hace falta toda una reingeniería cultural que solo se logra revirtiendo ciertas prácticas y fortaleciendo la memoria histórica.
Un ejemplo que ayudaría a desinstalar el stronismo sería aquella materia que se había propuesto como opcional en el currículum educativo y que quedó, a propósito, en el olvido.
La lucha será larga y titánica, se dará en el día a día y en cada situación en donde el stronismo nos tiente.
En ese combate estará en juego el futuro del Paraguay y de nuestros hijos y nietos.
¿Existían prácticas de corrupción antes? Sin duda que sí. Pero los 35 años del stronismo saquearon el país y, de paso, dejaron en nosotros la terrible y arraigada idea de que hacerlo no era malo.Entonces, las prácticas corruptas no fueron patrimonio exclusivo de Stroessner y sus secuaces, pero ellos se quedaron tanto tiempo en el poder que lograron inocular en nuestro ADN cultural el latrocinio, la venalidad, el nepotismo y otras lindezas al punto que en vez de condenar al que las lleva a cabo lo queremos imitar.
Es así que incluso encontramos alarde donde debería haber vergüenza, y el término výro se aplica automáticamente a aquel que no aprovecha la situación para robar del erario público o en el ámbito privado.
Las instituciones encargadas de castigar las prácticas corruptas y de instalar en nosotros las buenas prácticas en pos del bien común están corrompidas, ellas mismas desde la mata. Esa fue la gran habilidad del stronismo; por eso sigue imbatible hasta hoy.
El Poder Judicial, cuya legitimidad no está en los votos sino en su eficiencia y eficacia para hacer cumplir la ley ha puesto a Astrea como la reina venal. A ella pagan tributo todo el resto de la maquinaria estatal, municipal y privada.
La Contraloría General de la República es un adorno, pues hace poco se descubrió que los que deben ser controlados pasan de ella y solicitan el control a una instancia de aquel poder, que acepta cualquier papel que se le presente y así blanquea a todo el mundo. Hecha la ley hecha la trampa.
Por supuesto que no sorprende en absoluto todo lo que está saliendo a la luz con el nepotismo instalado por los "representantes del pueblo".
Tampoco sorprende que nuestro presidente y su canciller hayan querido poner a un orgulloso Stroessner en la ONU.
Todos estos años de transición y consolidación de la democracia nos han mostrado que el stronismo nunca se fue. Y lo peor de todo: que no queremos dejarlo ir.
¿Hay esperanza de que alguna vez se vaya? Sí que la hay, porque algunos no han sucumbido.
El ejemplo es que hay una ciudadanía que ha logrado frenar con su indignación este último acto de reivindicación.
Para esto hace falta toda una reingeniería cultural que solo se logra revirtiendo ciertas prácticas y fortaleciendo la memoria histórica.
Un ejemplo que ayudaría a desinstalar el stronismo sería aquella materia que se había propuesto como opcional en el currículum educativo y que quedó, a propósito, en el olvido.
La lucha será larga y titánica, se dará en el día a día y en cada situación en donde el stronismo nos tiente.
En ese combate estará en juego el futuro del Paraguay y de nuestros hijos y nietos.
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